El
problema que estos tres personajes confrontaban, era la
situación que existía en su oficina en Shanghai.
El empleado que habían enviado a hacerse cargo de
ella estaba dando mal resultado, aunque esto no sorprendía
a Cappy, porque en su opinión carecía de ciertas
cualidades que él consideraba esenciales.
-Skinner,
¿tienes un candidato para el puesto?, pregunto Cappy.
-Siento
decirle que no, Mr. Ricks; todos los empleados que tengo
bajo mis órdenes son demasiado jóvenes...
demasiado jóvenes para asumir esa responsabilidad.
-¿Qué
quieres decir con "demasiado jóvenes?",
replicó Cappy.
-Bueno,
el único a quien yo consideraría competente
para ocupar el cargo sería Andrews y él apenas
tiene unos treinta años.
-Treinta
ños, ¿eh?; pues si mal no recuertdo yo te
empecé apagar un sueldo de diez mil dólares
y a confiarte la responsabilidad de dos millones cuando
apenas tenías veintiocho.
-Es
cierto, pero Andrews... bueno, no hemos puesto a prueba
todavía su competencia.
-¡Skinner!
- interrumpió Cappy en voz resonante - no alcanzo
a comprender todavía por qué no te he mandado
al diablo. ¿Dices que todavía no hemos puesto
a prueba la competencia de Andrews? ¿Porqué
tenemos aquí gente que no sabemos lo que pueda hacer...¡contéstame!
el mundo de hoy es el mundo de la juventud, y métete
eso en la cabeza. (Dirigiéndose hacia el otro administrador
continuó:)
¡Matt,
¿qué te parece Andrews para el puesto de Shanghai?!
-Lo
creo capaz.
-¿Porqué?
-Porque
lleva bastante tiempo con nosotros para haber adquirido
la experiencia necesaria.
-¿Crees,
Matt, que también tenga el valor necesario para asumir
la responsabilidad? Eso es más importante todavía
que la tal experiencia que Skinner y tú consideran
como lo mas esencial.
-De
eso nada puedo decirle a Ud., pero me parece que tiene energía
e iniciativa, y personalmente es agradable.
-Bueno,
antes de mandarlo hay que convencernos de que tiene energía
e iniciativa, de si las tendrá cuando tenga que tomar
una decisión inmediata, seis mil millas distante
de sus jefes a quienes pudiera consultar y procederr acertadamente
de acuerdo con su criterio. Eso es lo más importante,
Skinner.
-Tiene
Ud. razón, Mr. Ricks, y creo que es Ud. quien debe
hacer la prueba.
-Convenidos,
Skinner. El próximo representante que mandemos a
Shjanghai tendrá que ser un luchador que no se dé
por vencido. Ya hemos tenido allá tres que resultaron
un fracaso, y de ésos no queremos mas.
Sin
decir otra palabra, Cappy se echó de espaldas en
su sillón giratorio y cerró los ojos.
-Parece
que va a fraguar la prueba para Andrews -dijo Matt Peasley
en voz baja a Skinner al salir de la oficina de Mr. Ricks-.
II
El destino
no permitió dejar en paz a Mr. Ricks en sus reflexiones
por mucho tiempo. A los diez minutos el teléfono
sonaba, y con no poco enfado, como si alguien le hubiera
interrumpido un tranquilo sueño, tomó el receptor
y gritó: "¡¿Quién es?!"
-Mr.
Ricks - respondió la telefonista de las oficinas
generales - está aquí un joven que se llama
William Peck y desea verlo a Ud. personalmente.
Cappy
suspiró como para reflexionar. -Bien, dígale
que pase.
Un empleado
condujo al visitante ante el presidente de la importante
empresa maderera y de vapores. Al hallarse en su presencia,
saludó respetuosamente y dijo:
"Mr.
Ricks, mi nombre es William E. Peck; le agradezco a Ud.
mucho la fineza de concederme una entrevista."
Mirándolo
con semblante severo, Cappy le dijo que tomara asiento,
señalándole una silla frente a su excritorio,
al acercarse Peck a a la silla, Cappy notó que cojeaba
un poco y que el brazo izquierdo lo tenía amputado
hasta el codo.
-Bien,
Mr. Peck, ¿qué desea Ud.?
-He
venido a que me dé Ud. Trabajo - respondió
Peck.
-Habla
Ud. como si tuviera la seguridad.
-Ciertamente,
Mr. Ricks, yo sé que Ud. no me lo negará.
-Por
qué?
Peck,
sonriendo en una forma que le simpatizó a Mr. Ricks,
contestó:
"Yo
soy agente vendedor, y sé que puedo vender cualquier
cosa que tenga algún valor, porque lo he demostrado
durante cinco años y quiero demostrárselo
a Ud.
-Mr.
Peck -dijo Cappy sonriendo- de eso no tengo duda, pero dígame,
¿acaso sus defectos físicos no son un impedimento?
-No,
Mr.Rricks, en ningún modo; lo que me queda de cuerpo
está sano, sobre todo mi cabeza, y me queda el brazo
derecho. Puedo pensar y puedo escribir, y aunque cojeo,
puedo ir tras un pedido más aprisa y más lejos
que la mayoría de los que tienen dos buenas piernas.
¿Estoy contratado, Mr. Ricks?
-No,
Mr. Pekc, lo siento, Ud. sabrá que yo no tomo parte
activa en la administración de este negocio desde
hace diez años. Aquí simplemente tengo mi
oficina para despachar mi correspondencia particular y atender
asuntos personales. A quien debe Ud. ver es a Mr. Skinner.
-Ya
vi a Mr. Skinner -replicó prontamente Peck- pero
por el modo en que me habló parece que no le simpaticé.
Me dijo que actualmente no había suficiente negocio
aún para ocupar al personal que tiene. Yo le mantifesté
que estaba dispuesto a aceptar cualquier ocupación,
de taquígrafo para arriba. Puedo escribir a máquina
bastante rápido con una mano; puedo llevar una contabilidad
y hacer cualquier trabajo de oficina
-¿No
le dió ninguna esperanza?
-No
señor.
-Entonces
-le dijo Cappy en tono confidencial- vaya a ver a mi yerno,
el Capitán Peasley, que dirige los transportes marítimos
de esta empresa.
-Ya
hablé con el Capitán Peasley, quien me trató
con mucha amabilidad; me dijo que con todo gusto me daría
un puesto pero que los negocios estaban tan malos que por
ahora era imposible.
-Bien,
amiguito, entonces ¿para que viene a verme a mi?
(Sonriendo
nuevamente, Peck respondió:) "Porque quiero
trabajar aquí, en esta Compañía, no
me importa de qué con tal que sea algo que yo pueda
hacer. Si me dan trabajo que pueda hacer, será hecho
mejor que nunca, y sin no puedo hacerlo renunciaré
voluntariamente para evitarle a Ud. la molestia de despedirme.
Tengo referencias de primera clase."
Cappy
oprimió un botón en su escritorio; un momento
después Mr. Skinner entraba, lanzando una mirada
hostil hacia Wuilliam E. Peck y luego otra, interrogativa,
hacia Mr. Ricks.
-Oye,
Skinner -dijo Cappy con voz suave- he estado meditando el
asunto de enviar a Andrews a la oficina de Shanghai y he
llegado a la conclusión de que tenemos que arriesgar.
Esa oficina está ahora a cargo de un empleado menor
y es preciso nombrar cuanto antes un gerente; así
es que haremos esto: vamos a mandar a Andrews en el próximo
vapor, haciéndole entender que asumirá el
cargo temporalmente. Si vemos que no da resultado, le ordenaremos
que se vuelva para ocupar su puesto actual, en el cual es
bastante apto. Entretanto, Skinner, te agradecería
mucho que le dieras empleo a este joven... que le dés
una oportunidad de demostrtar lo que puede hacer. Hazme
ese favor, Skinner.. hazme ese favor.
Mr.
Skinner bien sabía que un ruego de "Cappy"
equivalía a una orden, y Peck, comprendiéndolo,
miró al administrador general con una sonrisa.
"Muy
bien, Mr. Ricks" -dijo Skinner con cierto despecho.
"¿Ha convenido con Mr. Peck el sueldo que ganará?"
-Ese
detalle te toca a tí -contestó Cappy. No es
mi intención inmiscuirme en tus asuntos administrativos.
Naturalmente le habrás de pagar a Mr. Peck lo que
valga nada mas. Volviéndose hacia el triunfante Peck,
lo amonestó diciéndole: "Oiga, amiguito,
no crea que porque he intercedido por Ud . ya tiene su porvenir
asegurado. Su porvenir Ud. mismo tendrá que labrarlo
y tiene que comenzar muy pronto. La primera vez que meta
la pata o no dé la medida en el trabajo que se le
confíe, lo amonestarán, la segunda lo suspenderán
por un mes para que reflexione, y la tercera quedará
definitivamente fuera de esta organización. ¿Me
he explicado claramente)"
-Sí
señor -contestó Peck sin vacilar; todo lo
que yo pido es una plaza en la línea de combate,
y le aseguro que pronto me haré acreedor a la confianza
de Mr. Skinner.(dirigiéndose a Skinner) "Muchas
gracias, Mr. Skinner, por haber consentido en darme una
oportunidad; haré cuanto esté de mi parte
para merecer su confianza."
"Este
diablo" -dijo para sus adentros Cappy- "es buena
pieza, y tiene sesos; no me explico como Skinner no puede
darse cuenta de ello. Si este pobre chico se sale un poco
de la raya o si le brota en la cabeza alguna idea nueva
que quiera poner en práctica, es casi seguro que
firmará su sentencia de muerte con esta gente de
cerebro fosilizado que hay en este mundo. El no podrá
defenderse, pero por fortuna todavía estoy yo aquí".
El joven
Peck, poniéndose de pie, preguntó: "¿Cuándo
debo empezar?"
Skinner
le contestó con cierta ironía: "Cuando
esté Ud. listo."
Peck
miró rápidamente su reloj de pulsera.. "son
las doce" -añadió- "voy a almorzar
y estaré aquí a la una."
Mr.
Skinner se retiró mordiéndose los labios.
Al cerrarse la puerta tras el, Peck levantó las cejas,
y despidiéndose de Mr. Ricks le dijo: Muchas gracias,
Mr. Ricks, ha sido Ud. en extremo amable, pero parece que
no voy a empezar bajo muy buenos auspicios", y tomando
su sombrero se marchó.
Apenas
había salido cuando Mr. Skinner entró de nuevo,
mas antes de poder abrir la boca, Cappy le impuso silencio
levantando un dedo y en voz cordial le dijo:
"Ni
una palabra Skinner, ya sé lo que me vas a decir
y admito que tienes razón, pero óyeme hijo...
¿cómo era posible rechazar a un joven que
tanto empeño tiene en trabajar y que no acepta un
No como final? A pesar de que no encontró aquí
más que obstáculos para lograr su propósito,
no se dió por vencido ni se desanimó Tú
luchaste contra él pero él te ganó,
y vaya que tuvo que vérselas con expertos, ¿Qué
trabajo le vas a dar?"
-El
de Andrews naturalmente.
-Ah,
sí, había ovlvidado. Dime, Skinner, ¿no
tenemos disponible como medio millón de pies de abeto
fétido? (Skinner asintió, y Cappy, continuando
con la avidez de quien acaba de hacer un gran descubrimiento
que cree causará una verdadera revolución
en el mundo científico).."bueno, mándalo
a vender esa madera apestosa y un par de furgones de pinabete
rojo o cualquiera otra de las maderas que casi nadie quiere
ni regaladas."
Skinner
sonrió maliciosamente y dijo: "Convenidos, pero
si no vende le damos su pasaporte, ¿verdad?"
-Supongo
que sí, aunque yo lo sentiría mucho. Por el
contrario, si tiene éxito le pagaremos el sueldo
que gana Andrews. Hay que ser justos, Skinner, justos en
todo y con todos.
Cappy
se levantó y dándole una palmadita en el hombro
al administrador general le dijo: "Skinner, dispénsame
si me he precipitado un poco, pero te advierto que si le
fijas al abeto un precio demasiado alto para que Peck no
pueda venderlo, te mando a ti a la calle. Sé justo,
hijo, sé justo."
III
A las
doce y media, cuando Cappy iba a almorzar, se encontró
con Peck, quien iba cojeando por la acera. Peck prontamente
sacó una tarjeta del bolsillo y se la mostró
diciendo: "¿Que le parece esta tarjeta, Mr.
Ricks... no cree que se ve flamante?"
Cappy
leyó en ella: "Compañía Maderera
Ricks -Maderas de todas clases y para todos usos, sin excepción.
Representada por William E. Peck." Cappy Ricks pasó
un dedo curiósamente por las líneas impresas,
y vió que estaban grabadas. Sabiendo perfectamente
que un grabado de imprenta no se hace en media hora, contestó:
"Oye
Peck, no me quieras tomar el pelo; dime la verdad, ¿cuándo
decidiste venir a trabajar con nosotros?"
-Desde
hace una semana.
-Peck,
¿acaso has llegado a vender alguna vez abeto fétido?
Peck
se mostró bastante confundido, y significando una
negativa con la cabeza, preguntó: "¿Qué
clase de palo es ése?"
-Abeto
de California... es una madera áspera y correosa,
muy pesada, y despide un olor como de zorrillo cuando se
corta. Creo que Skinner te va a dar lo peor que hay para
empezar, y eso es lo peor.
-¿Se
pueden clavar clavos en ella, Mr. Ricks?
-Ah,
claro.
-¿Ha
llegado alguien a venderla alguna vez?
-De
vez en cuando uno de nuestros agentes más listos
suele tropezar con algún mentecato que compra lo
que le vendan; de lo contrario no la tendríamos más.
Afortunadamente, Peck, no nos queda mucha, pero siempre
que nuestros hacheros del monte encuentran un buen árbol,
no lo dejan en pie; por eso casi siempre tenemos suficientes
existencias de abeto fétido para darles a los agentes
algo con qué demostrar que saben vender.
-Yo
puedo vender cualquier cosa si vale el precio -concluyó
Peck con un aire de desafío, y continuó su
camino hacia la oficina de la empresa.
IV
Por
dos meses Cappy Ricks no volvió a ver a William Peck;
el administrador general lo había mandado a los Estados
del sur y del oeste, tan pronto como Peck se impuso de todos
los detalles del negocio... de los precios, pesos, tarifas
de fletes, condiciones de venta, etc.
De una
ciudad telegrafió un pedido de dos furgones de madera
de alerce; en la siguiente de su itinerario, logró
que el dueño de una maderería, a quien Mr.
Skinner en vano había tratado por años de
venderle, conviniera en comprar de prueba un furgón
de tablas de abeto fétido, de tamaños y clases
surtidas, a un precio más alto del fijado por Mr.
Skinner.
En el
Estado de Arizona consiguió varios pedidos de madera
para refuerzo de pozos de minas, pero sólo hasta
que llegó al centro del Estado de Texas empezó
realmente a demostrar su extraordinaria habilidad para vender.
Allí se especializó en la venta de maderas
para torres de taladrar pozos petroleros, y fue tal el bombardeo
de pedidos que mandó a las oficinas que Mr. Skinner
tuvo que telegrafiarle pidiéndole que se calmara
un poco en la venta de esa madera por estárseles
agotando las existencias, y que se dedicara a vender otras
clases.
Completado
su itinerario, emprendió el viaje de regreso vía
Los Ángeles, pero de paso se detuvo en el Valle de
San Joaquín y vendió allí dos furgones
más de abeto fétido. Al recibir Mr. Skinner
el telegrama, fue a mostrárselo al presidente.
"No
cabe duda que Peck puede vender madera" -anunció
a Mr. Ricks. Ha conseguido cinco nuevos clientes y acaba
de mandar otro pedido de dos furgones de abeto fétido.
Creo que tendré que aumentarle el sueldo el 1o. del
año."
-Oyeme
Skinner, ¿por qué diablos quieres aguardar
hasta el primero del año? Ese pernicioso hábito
que tienes de diferir para más tarde lo que debes
hacer hoy, especialmente cuando se trata de soltar el dinero,
nos ha costado la pérdida de los servicios de más
de un buen empleado. Sabiendo que Peck merece un aumento
de sueldo, ¿por qué no se lo das ahora, y
con gusto? Peck te tendrá buena voluntad, trabajará
más todavía, y por lo menos te considerará
como ser humano.
-Muy
bien Mr. Ricks, voy a asignarle el mismo sueldo que Adrews
tenía antes que Peck tomara su puesto.
-Skinner,
tú realmente me obligas a recordarte quién
manda en esta empresa. Peck vale más que Andrews,
¿verdad?
-Así
parece.
-Entonces,
por amor a la justicia, págale más y haz efectivo
ese aumento desde el primer día que empezó
a trabajar. ¡Vete de aquí porque me pones nervioso.
¡Un momento!... ¿qué está haciendo
Andrews en Shanghai?
-Dándole
a ganar dinero a la Compañía del cable -contestó
Skinner con sarcasmo. Cablegrafía como tres veces
por semana sobre asuntos que él mismo debería
decidir; Matt Peasley está disgustado con él.
-Eso
no me sorprende... supongo que Matt vendrá a decirme
dentro de poco que yo fuí quien escogió a
Andrews para el puesto, pero no olvides, Skinner, que le
advertí que el puesto era temporal.
-Sí,
Mr. Ricks.
-Bueno,
creo que tendré que buscar a su sucesor e impedir
que Matt venga a echarme la culpa en cara. Creo que Peck
tiene varias características de un buen administrador
para la oficina de Shanghai, pero tendré que probarlo
un poco más. (Mirando a Skinner con sonrisa picaresca:)
"Oye, Skinner, voy a pedirle a Peck que me traiga el
jarrón azul."
(El
semipálido semblante de Skinner casi se sonrojó.)
"Bueno,
notifica al jefe de la policía y al propietario del
bazar para que no nos cueste tanto."
Cappy
caminó hacia la ventana, mirando a la calle pensativo
pero sonriendo todavía, y añadió: "Tú
convendrás conmigo, Skinner, en que si me entrega
el jarrón azul valdrá diez mil dólares
como nuestro gerente en Shanghai."
-Sin
duda que los valdrá, Mr. Ricks.
-Bueno,
Skinner, haz los arreglos necesarios para que Peck esté
listo el domingo, a la una. Yo me encargaré de los
demás detalles.
Mr.
Skinner le dijo que así lo haría y salió,
casi no pudiendo contener la risa.
El sábado
siguiente, Mr. Skinner no se presentó en su oficina;
de su casa avisaron por teléfono que se hallaba indispuesto.
Su secretaria tenía instrucciones de avisar a Peck
que Mr. Skinner deseaba hablar con él ese día,
pero que debido a una indisposición repentina no
podría verlo en la oficina; que necesitando conferenciar
con él antes de que saliera nuevamente de viaje el
lunes, le agradecería que lo visitara en su casa
el domingo por la tarde, a la una.
Peck
contestó que con todo gusto iría a ver a Mr.
Skinner a la hora indicada.
A la
una en punto del domingo se presentó Peck en la casa
del administrador general, a quien halló en la cama,
pero sin síntomas de estar enfermo. Después
de desearle su pronto restablecimiento, entraron en discusión
respecto a los nuevos clientes y a perspectivas que Mr.
Skinner estaba deseoso de que Peck investigara.
En el
curso de la conferencia, Cappy Ricks telefoneó. Mr.
Skinner estuvo escuchando por varios minutos, y luego Peck
oyó decir: "Con todo gusto cumpliría
con sus deseos, Mr. Ricks, si no fuera porque estoy en cama
y no podré salir hoy, pero Mr. Peck está aquí
y con seguridad que no tendrá inconveniente en desempeñar
esa comisión para usted."
-Claro
que no -interrumpió Peck- y tomando el receptor se
apresuró a saludar a Mr. Ricks.
-Oye
Peck -dijo el presidente- quisiera confiarte un encargo;
no puedo mandar a un muchacho, pero al mismo tiempo me da
pena molestarte.
-No
será molestia alguna, Mr. Ricks; mande lo que guste
que estoy a sus órdenes.
-Gracias,
Peck, por tu buena voluntad. Se trata de esto: andando yo
por el centro a medio día, pasé frente a una
tienda en la calle Sutter, entre Stockton y Powell, donde
en un escaparate vi un jarrón azul. Yo soy muy afecto
a los jarrones de ornato, Peck, y aunque este no es nada
extraordinario, sucede que una dama a quien le tengo gran
estimación, tiene otro igual, y sé que nada
le agradaría más como regalo de su aniversario
matrimonial que otro jarrón como ese para completar
el par que necesita para las dos rinconeras que tiene en
su comedor. Yo tengo que tomar el tren a las ocho de esta
noche para llegar a tiempo mañana a Santa Bárbara,
donde ella vive, y poder felicitarla personalmente, así
como para entregarle el regalo, y ese jarrón, Peck,
es lo que quiero.
-Muy
bien, Mr. Ricks, comprendo que si no lleva Ud. mismo el
jarrón y aguardamos hasta mañana lunes a que
abran la tienda, no podrá llegar llegar a tiempo
a Santa Bárbara, sino hasta el martes.
-Ese
es precisamente el caso, Peck, ojalá que lo hubiera
visto ayer para no tener que molestarte; lo siento mucho.
-No
necesita Ud. darme explicaciones ni disculpas, Mr. Ricks,
sólo hágame el favor de describir el jarrón
-¿es azul oscuro o pálido?...¿de qué
tamaño es poco mas o menos?...¿es liso o tiene
figuras?
-Es
un jarrón cloisonné, Peck, de un azul entre
pálido y oscuro, con figuras orientales de pájaros
y flores. No te puedo decir con exactitud el tamaño,
pero me parece que tiene como unos 30 centímetros
de alto, por diez de diámetro en el centro y está
montado sobre una base de madera de teca.
-Con
eso basta Mr. Ricks, yo le llevaré el jarrón.
-Gracias,
Peck, muchas gracias, me harás el favor de entregármelo
cinco minutos antes de las ocho en la estación del
Southern Pacific; yo estaré a bordo del tren en el
coche dormitorio No. 7, sección "A".
-Convenidos,
Mr. Ricks.
-Oye,
Peck, el costo no será gran cosa, tu podrás
pagarlo y mañana se lo cobras al cajero, diciéndole
que lo cargue a mi cuenta.
Cappy
colgó el receptor.
V
Skinner
reanudó la conferencia y Peck salió de la
casa hasta las tres de la tarde, dirigiéndose enseguida
a buscar el famoso jarrón azul. Al llegar a la calle
de Sutter, caminó por un acera, entre Stockton y
Powell; luego por la otra, y aunque con el mayor cuidado
se fijó en todos los escaparates y vitrinas que había
no pudo ver ningún jarrón, azul o de otro
color, ni tienda alguna donde vendieran tal clase de artículos.
"Sin
duda que Cappy se equivocó en el nombre de la calle,
o yo le entendí mal" -dijo Peck para sí.
"Voy a hablarle por teléfono para que repita
la dirección".
Habló
a la casa de Mr. Ricks, pero la sirvienta le informó
que el señor había salido y no sabía
ella a dónde había ido ni a qué hora
volvería. Entonces Peck regresó a la calle
de Sutter y la recorrió de nuevo, por uno y otro
lado, sin mejor resultado que la primera vez; luego dobló
sobre una de las calles que cruzaban, caminado dos cuadras
en una dirección y dos en otra, y así continuó
recorriendo todas las calles del barrio, sin vislumbrar
en ninguna parte el consabido jarrón azul. No por
eso se dio por vencido, sino que emprendió la pesquisa
en otra zona comercial; caminó calles y más
calles en todas direcciones, sin mejor suerte, y como último
recurso, se dirigió a una cuadra aislada de la Calle
Post -única que no había recorrido- donde
recordó que existían dos o tres pequeñas
tiendas. Al llegar a la última de ellas, notó
de pronto en un escaparate un jarrón que al parecer
respondía a la descripción del que Mr. Ricks
quería. Al examinarlo de cerca y convencerse de que
ése era en realidad el jarrón que buscaba,
dio un profundo suspiro de satisfacción.
Trató
de abrir la puerta, pero estaba cerrada con llave como ya
lo suponía; de todos modos, golpeó con fuerza
por si acaso hubiera alguien adentro que pudiera abrirle
-sin resultado. Entonces, levantando la vista, vio en la
fachada un letrero que decía "Browne's Art Shop"
-Sin pérdida de tiempo se dirigió al hotel
más cercano, donde echando mano de una guía
telefónica empezó a buscar el nombre del bazar
susodicho, sin encontrarlo. En la guía estaban inscritas
19 personas de apellido Browne. Entonces pidió en
la oficina del hotel un directorio de los habitantes de
la ciudad, en el cual halló el nombre de B. Browne
como propietario de un bazar de objeto de arte situado en
el establecimiento donde había
visto
el jarrón azul, pero sin dar la dirección
de su residencia particular. Inmediatamente cambió
un dólar por monedas y dirigiéndose de nuevo
al teléfono empezó a llamar a cuantas personas
de apellido Browne figuraban en la guía telefónica
de San Francisco. El resultado fue nulo.
Prosiguió
a consultar las guías de varias poblaciones cercanas
donde suelen vivir muchas personas que trabajan o tienen
sus negocios en San Francisco, y continuó llamando
a cuantos Brownes encontró. Al llamar al último
sin mejor éxito, ya le corría el sudor por
el cuello.
Eran
ya las seis. Peck volvió al bazar, y mirando nuevamente
el letrero, notó con gran sorpresa que el apellido
del dueño no era "Browne" sino "Brown".
Esto hacía necesario que volviera al hotel para llamar
a todos los B. Browns que hubiera en la ciudad. Hizo cambiar
un billete de veinte dólares en monedas pequeñas
de valor diverso, se dirigió al teléfono,
y de nuevo empezó a llamar a cuantas personas de
nombre B. Brown había registradas en San Francisco
y los suburbios.
Al cabo
de quién sabe cuántas llamadas, dio con la
residencia del Mr. Brown exacto que buscaba, pero tan sólo
para que la sirvienta le informara que había ido
a comer a la casa de un tal Mr. Simon en la vecina población
de Mill Valley. Tres personas de apellido "Simon"
aparecían como residentes de Mill Valley y Peck llamó
a las tres, preguntadno cada vez si Mr. Brown estaba allí.
A la tercera llamada le dijeron que sí, preguntándole
quién era, Peck dió su nombre, transcurrió
un rato de silencio y luego oyó esto: "Mr. Brown
dice que no conoce a ningún William Beck, además
está comiendo y no quiere que lo importunen a menos
que se trate de un asunto de suma importancia."
-Dígale
que se trata de algo importantísimo y que mi nombre
es William Peck, no Beck.
-¿Deck?
-No!...
¡Peck!... ¡PECK!... ¡P, E, C, K,!... llámelo
y dígale que su tienda se está incendiando.
Un momento
después Mr. Brown hablaba sumamente excitado.
"¿Es
el jefe de bomberos?" -preguntó en voz entrecortada.
-No,
Mr. Brown, su tienda no se está quemando, pero tuve
que decir eso para hacerlo venir al teléfono. Ud.
no me conoce, pero en el escaparate de su tienda, aquí
en San Francisco, vi un jarrón azul que quiero comprar
urgentemente antes de las 7:45. Le ruego que inmediatamente
se venga a abrir el bazar y me venda el jarrón.
-¡Qué
demonios!... ¿me está Ud. tomando el pelo
o supone que estoy loco?
-No,
Mr. Brown, nada de eso... si alguien está loco ése
soy yo... estoy loco por el jarrón y como tengo que
salir hoy de la ciudad a las 8 quiero llevármelo
ahora mismo.
-¿Sabe
Ud. lo que vale ese jarrón?
-No,
ni me importa un bledo... yo lo quiero cueste lo que cueste.
-¿Que
hora es?... déjeme ver. (Y después de un momento
de silencio mientras veía el reloj:)
"Es
un cuarto para las 7 y el próximo tren para San Francisco
no sale sino hasta las ocho, así es que no podré
llegar allá antes de las 8:50; además estoy
cenando con unos amigos y apenas he terminado la sopa."
-Mr.
Brown, a mí todo eso no me importa; ese jarrón
azul tengo que llevármelo hoy.
-Bien,
si no puede Ud. aguardar, llame por teléfono a Mr.
Herman Joost, mi encargado, que vive en Chilton Apartments;
el número de su teléfono es Prospect 3249;
dígale de mi parte que vaya en seguida a abrir el
bazar y le venda el jarrón. Adiós. (Mr. Brown
colgó el receptor).
Peck
llamó inmediatamente al número que Mr. Brown
le dió y preguntó por Mr. Herman Joost. La
mamá de este caballero contestó, manifestando
que sentía muchísimo que su hijo no estuviera
en casa, pues había ido al Country Club.
"¿Cual
Country Club?"
La buena
señora no sabía, así es que Peck pidió
en la oficina del hotel una lista de todos los clubs de
San Francisco y alrededores, y comenzó a llamar por
teléfono. Eran ya la 8 y aún no había
dado con el tal Mr. Joost; en ningún club lo conocían.
"Estoy
perdido" -murmuró Peck- "pero nadie puede
decir que no perdí luchando; el único recurso
que me queda es romper esa vidriera con un ladrillo y echar
a correr con el jarrón."
Acto
seguido llamó un taxi, le dijo al chofer que lo aguardara
a la vuelta de la esquina y le pidió prestado un
martillo. Cuando llegó al bazar encontró un
policía parado frente a la puerta. En vista de eso
Peck continuó su camino sin detenerse; más
adelante cruzó al otro lado de la calle y se volvió.
Peck
fue a donde el taxi lo esperaba y se volvió al hotel.
Teniendo una de esas almas que no aceptan la derrota fácilmente,
volvió a llamar por teléfono al domicilio
de Mr. Joost -Prospect 3249- y por primera vez la suerte
lo favoreció... Mr. Joost había regresado.
Peck, con voz ansiosa, le informó lo que deseaba
y de la orden que había dado Mr. Brown. El cauteloso
Joost contestó que primero tendría que hablar
por teléfono con Mr. Brown para cerciorarse de que
era cierto, agregando que si Mr. Brown confirmaba la orden,
él estaría en el bazar antes de las 9.
Con
la impaciencia que es de suponer, Peck lo aguardaba. Finalmente,
a las 9:15, Joost se presento, acompañado de un policía
que por precaución había pedido que lo acompañara;
encendió las luces, abrió la puerta y con
gran cuidado sacó del escaparate el jarrón
azul.
"¿Cuanto
vale? -preguntó Peck.
-Dos
mil dólares- contestó Joost, tan fríamente
como si hubiera dicho cincuenta centavos.
Peck
tuvo que reclinarse sobre el mostrador para no caer.
"¡Dos
mil dólares!" -exclamó en una voz y con
un semblante de desesperación.
Tenía
en el bolsillo diez dólares solamente.
"¿Acepta
Ud. mi cheque, Mr. Joost?"
-Yo
no lo conozco a Ud. Mr. Peck - respondió Joost.
-¿Donde
está su teléfono?
Joost
condujo a Peck al teléfono y éste llamó
a la casa de Skinner.
"¡Mr.
Skinner!" -balbuceó Peck- "estoy en un
terrible apuro y casi exhausto; conseguí que abrieran
el bazar, pero el jarrón que Mr. Ricks tanto desea
cuesta dos mil dólares y yo entendía que costaba
una friolera"
-Por
tu madre, Peck, ¿has estado en busca del jarrón
todo este tiempo?
-Si,
y estoy propuesto a llevármelo... hágame el
favor de traerme aquí, al bazar de Mr. Brown, en
la calle Post cerca de la avenida Grant, los dos mil dólares,
porque yo ya no tengo fuerzas para ir por ellos.
-Mi
querido Peck -replicó Mr. Skinner compasivamente-
no tengo aquí dos mil dólares... ésa
es una cantidad demasiado grande para llevarla en el bolsillo
o guardarla en casa.
-Bueno,
entonces tenga la bondad de venir al centro inmediatamente,
abrir la oficina y sacar el dinero de la caja fuerte.
-Eso
no lo puedo hacer, Peck, porque la caja fuerte tiene una
combinación que nadie puede abrir antes de cierta
hora.
Mr.
Skinner, hágame favor de venir de todos modos para
que me identifique en alguna parte donde puedan aceptar
mi cheque personal.
-¿Tienes
suficientes fondos en el Banco, Peck?
Esto
puso fin a la conversación y Peck llamó en
seguida, a la casa de Mr. Ricks, sabiendo que allí
residía su yerno, el capitán Peasley. Afortunadamente
lo halló en casa, y Peasley lo escuchó con
bastante amabilidad.
"Peck,
es casi increíble que te hayan asignado una misión
semejante" -dijo el capitán Peasley. "Sigue
mi consejo y olvídate del jarrón azul.
-No
puedo -replicó Peck.. Mr. Ricks se sentirá
muy contrariado si no le entrego el jarrón; él
se ha portado conmigo de manera espléndida y considero
un deber ineludible cumplir con este deseo suyo.
-Pero
ya es muy tarde, Peck, para entregárselo; se fué
en el tren de las 8 y ya son las nueve y media.
-Lo
sé, pero si puedo obtener el jarrón, yo se
lo entrego antes de que baje del tren en Santa Bárbara
a las 6 de la mañana.
-¿Como?
-Aquí
en el aeródromo tengo un amigo que con gusto me llevará
en su avión a Santa Bárbara.
-¡Estás
loco!
-Lo
sé pero por favor présteme los dos mil dólares.
-¿Para
que?
-Para
comprar el jarrón azul.
-Ahora
ya no me cabe duda que estas loco... cuando Mr. Ricks supiera
que habías pagado dos mil dólares por ese
jarrón, te mandaría al manicomio.
-Oiga
Mr. Peasley, ¿no me presta los dos mil dólares?
-No,
Peck; vete a tu casa a dormir y olvídate del maldito
jarrón.
-¡Por
favor, Mr. Peasley... a Ud. le pueden cambiar un cheque
porque lo conocen bien y a mí no; además hoy
es domingo.
-"Bueno"
-interrumpió Mr. Joost"¿vamos a estar
aquí toda la noche?"
Peck,
colgando el receptor, lo miró en actitud de dasafío
y le dijo: "¿es Ud. conocedor de diamantes?"
-Sí
-contestó Joost.
-¿Me
aguardará aquí hasta que vaya al hotel para
traer uno?
-Si.
William
Peck salió cojeando tan aprisa como pudo. Veinte
minutos mas tarde estaba de regreso con un anillo de platino
que tenía un hermoso brillante cercado de safiros.
"¿Cuánto
cree Ud. que valga este anillo?"
Joost
lo miró con no disimulada admiración y dijo
que bien valdría unos dos mil quinientos dólares.
"Se
lo dejo en prenda" -Peck se apresuró a decir.
Deme un recibo y cuando haya cobrado Ud. mi cheque vendré
a redimirlo."
Quince
minutos después, con el jarrón azul cuidadosamente
empacado, Peck entraba a cenar a un restaurante. Al terminar
ordenó un taxi y a toda velocidad se dirigió
al aeródromo. Allí se informó de la
residencia de su amigo aviador, se comunicó con él,
y a media noche ambos y el jarrón azul se perdían
en las nubes, rumbo hacia el sur.
Hora
y media más tarde aterrizaron en el valle de Salinas,
cerca de la vía de ferrocarril; Peck descendió
y el aviador emprendió el vuelo de regreso a San
Francisco. Peck corrió hacia la vía férrea
con un periódico en la mano, y pocos momentos después,
cuando vio que el tren en que venía Cappy Ricks se
aproximaba, hizo del periódico una antorcha y empezó
a hacer señales con ella en medio de la vía.
El tren se detuvo, el conductor abrió la puerta de
uno de los coches para averiguar que pasaba, y Peck se metió
de un salto.
"¿Quién
diablos es usted?" -preguntó el conductor- "¿Porqué
hizo parar el tren?"
-Porque
tengo urgencia de ver a un pasajero que aquí viene,
en la sección "A" del coche No. 7; yo le
pago mi pasaje.
-¡Ah?,
es un señor de baja estatura, de avanzada edad, ¿verdad?.
Antes de partir de San Francisco me preguntó si no
había visto a un individuo con un paquete bajo el
brazo.
Si,
ese individuo soy yo, aquí traigo el paquete que
no pude entregarle a tiempo... hágame el favor de
llevarme a su sección.
Hubo
que tocar el timbre varias veces para despertar a Cappy
Ricks, quien al fin abrió la puerta, en su bata de
noche.
"Soy
William Peck, Mr. Ricks; perdone que venga a importunarlo
a esta hora, pero es que tropecé con tantas dificultades
para poder conseguir el jarrón azul que Ud. tanto
quería, que no pude llegar a tiempo a la estación.
La dirección de la tienda no era la que Ud. me dió;
tuve que buscarla por todo San Francisco y llamar por teléfono
a todos los "Browns" y "Brownes" que
hay allí y en los suburbios, y además, fue
imposible conseguir en domingo por la noche los dos mil
dólares que costaba el jarrón, pero aquí
lo tiene usted, porque le prometí entregárselo
y lo que yo prometo lo cumplo."
Cappy
Ricks miraba a Peck con ojos azorados, como si lo creyera
loco. Luego se echó a reir, lo hizo tomar asiento,
y empezó a referirle que todas las dificultades con
que tropezó habían sido fraguadas intencionalmente,
desde la dirección equivocada del bazar, hasta el
precio del jarrón, pues en realidad solo valía
$10.00.
Al oír
esto, Peck casi se desmayó, pero rehaciéndose,
prorrumpió en tono grave y airado:
"Mr.
Ricks, si no fuera porque es Ud. un hombre de avanzada edad
y porque le debo favores, no sé que le haría
por esta broma tan pesada que se ha permitido jugarme."
Con
los ojos húmedos de lágrimas, como quien ha
sufrido un terrible desengaño y siente el corazón
herido, continuó: "Mr. Ricks, yo estoy acostumbrado
a obedecer órdenes sin ambajes por necias que parezcan...
a cumplir con los cometidos que se me confíen, con
puntualidad si es posible, y si no, tan pronto como sea
posible. Desde muy joven me imbuyeron lealtad para mis superiores,
pero ahora realmente me duele que mi estimado jefe actual
haya querido hacer de mí un payaso... burlarse de
un fiel servidor. Desde hoy en adelante puede Ud. mandar
a Skinner o a quien se le dé la gana, a vender su
abeto apestoso que tanto trabajo me ha costado darle salida."
Cappy
Ricks pasó cariñosamente la mano por la cabeza
de Peck, y le dijo:
"Mi
querido Peck, bien sé que lo que hice fue cruel,
extremadamente cruel, pero tengo que confiarte un puesto
de tal importancia que necesitaba ponerte antes a prueba
para cerciorarme de que podrías desempeñarlo.
Por esto te confié la tarea más ardua que
doy a los que necesito para los cargos que requieren hombres
que nunca se dan por vencidos. Ahora te hago saber, hijo,
que en vez de haberme traído un jarrón que
vale $2,000.00, saldrás de este tren con un puesto
de diez mil dólares como gerente de nuestra oficina
de Shanghai."
La sorpresa
de Peck no fue menor que la que había recibido antes,
al oir estas palabras, y Mr. Ricks continuó:
"De
quince hombres a quienes he dado como prueba la entrega
del jarrón azul, tú eres el segundo que ha
salido vencedor."
-Gracias,
Mr. Ricks, y perdóneme lo que dije. Haré de
mi parte todo lo posible para desempeñar mi cometido
en Shanghai a su entera satisfacción.
-Eso
bien lo sé, Peck, pero dime, ¿No te viste
a punto de abandonar la empresa al tropezar con tantas dificultades
casi imposibles de salvar?
-Si
señor, me entraron deseos de suicidarme antes de
haber llamado por teléfono a cuantos "Brownes"
hay en San Francisco, pero yo no acostumbro empezar una
tarea y dejarla a medias, especialmente desde que, estando
enfermo una vez en el hospital, y habiendo casi perdido
la esperanza de restablecerme, un amigo fué a verme
y me dijo: "William, tú no estás tan
grave como crees... vas a vivir muchos años todavía."
Yo le contesté que no lo creía. Entonces,
mirándome con un semblante serio, agregó:
"William Peck no es de los que se dan por vencidos
y va a recuperarse... para principiar, sonríe. "
Desde entonces, mi lema para todo lo que emprendo es: ¡LO
HARE!