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La Tecnología de los gnomos tiene poca incidencia en las culturas de los pueblos de Krynn. Los gnomos son tecnólogos: pero su incompetencia innata hace que todo lo que elaboran mediante la ciencia pueda obtenerse por la magia más barato, más deprisa y más eficazmente.
Cuando un gnomo se pone a inventar algo, cabe augurar que la primera versión de su obra será al menos treinta veces más grande de los necesario, armará un escándalo sonoro mucho mayor de lo debido, tendrá medio centenar de complementos repetidos y fracasará de manera estrepitosa, si no trágica. Y, lo que es aún menos halagüeño, los gnomos no están sincronizados en materia de investigación. Reinventan con preocupante periodicidad la rueda, según un viejo adagio, porque no están al corriente de los progresos de sus hermanos en los gremios afines. Se diseñan y vuelven a diseñar, desde el punto de partida, laboriosos proyectos por un simple fallo que ya ha subsanado el vecino.
Sus mentes viajan en auténticos torbellinos a través del tiempo y del espacio y, claro, no reparan en pequeñeces como la de plantear un modelo sobrio, un sistema fácil o un programa de bajo consumo y costo. La aparatosidad es prioritaria frente a la sustancia, se confunde con la acción del rendimiento y, así, la proporción entre los medios y el objetivo no puede estar más desequilibrada. Los gnomos son una raza tan minoritaria, y se comunican tan poco con el mundo, que sus descubrimientos pasan inadvertidos. Por otra parte, sus obras de ingeniería resultan, como se ha dicho, compleja y azarosa, lo que presumiblemente desanimaría a los hombres a la hora de embarcarse en el arduo aprendizaje de su manejo. De sus liberaciones salió un pectoral de combate provisto de una barra desmontable de treinta centímetros de largo por quince de ancho, pintada de un vivo y reluciente amarillo y con una etiqueta ilegible, impresa en caracteres microscópicos de color rojo, en la que se detallaban los efectos de golpearla. Una simple palmada liberaba todas las trabas del pecho, los hombros y la cintura.
Lo malo era que, en combate, la dichosa barra constituía un blanco idóneo para los rivales, dejando instantáneamente a su portador desprotegido en una zona delicada del cuerpo. Además, se oxidaba y atrofiaba tras unas horas de exposición a los elementos. Y, para colmo de males, las sujeciones de la armadura estaban unidas por alambres enrollados. Así se facilitaba la labor de recomponerlas, mas, al dispararse el dispositivo, estos alambres quedaban colgando del talle y se enredaban en las piernas del guerrero. El traje fue retirado a uno de los almacenes del Monte No importa, donde se conserva junto a otras varias docenas de diseños tan innovadores como inutilizables.
Por último, no puede quedar en el tintero la historia del sistema de alumbrado de la metrópoli. Sus artífices adosaron unos cilindros de acero a las paredes del pasillo de acceso al exterior, los empalmaron y hundieron los extremos en una laguna de magma. Las conducciones no tardaron en emitir unos brillantes fulgores anaranjados, tal como se había previsto, pero la temperatura convirtió el túnel en el mayor horno-tostadora del universo. Hubo que instalar un contra sistema de refrigeración, accionado por agua que se bombeaba desde la cima del volcán, si bien el resultado fue que una parte del ambiente continuó siendo más calurosa de lo soportable y en la otra reinaba un molesto frío. Como, además, la sección gélida quedó cubierta por una densa niebla, se montó un colosal ventilador en el interior del pasadizo. Pero este ventilador tenía un motor de vapor, y el recalentamiento hizo retroceder el agua por las tuberías, con lo que se derramó en las terrazas de cultivo y destrozó las cosechas. Hubo de confinar el estudio del problema a un comité especial, y desconectar el alumbrado. Un sistema similar, implantado en el centro de la urbe, sigue aún hoy sin activarse.
En la isla de Sancrist se desarrollan también ingeniosas armas, como la ballesta de repetición, silenciosa, plegable y automática, la flecha lanzarredes y la espada para dos manos con muelles y hojas disparables —que se parte al blandirla y puede dañar al luchador—. Los archivos de la urbe están atestados de inventos que, por una jugarreta del destino, no se han puesto en circulación, aunque siempre habrá gnomos deseosos de estudiarlos y dotarlos de acabados más complejos.
A pesar de tal sinnúmero de falsos comienzos, algunas investigaciones tienen un enorme potencial y prosperarían de dirigirse con mayor acierto.
Entre los proyectos más ambiciosos pueden incluirse el robot —compuesto de mecanismos de relojería de descomunales dimensiones—, el submarino —en realidad se trata de una barca sumergible con ruedas, a la que se han incorporado tubos de respiración para los tripulantes—, el cañón de vapor y el rifle de aire comprimido —tan grande y peligroso que nadie se atreve a probarlo—, el aeroplano —un planeador propulsado por el piloto, siendo éste el segundo proyecto más arriesgado en fase operativa—, y el polvo que explota —la pólvora, el que más peligro entraña—. Y, desde luego, hay un reducido comité digno de mencionarse: el de los mecánicos de vuelo supersónico, integrado por tres o cuatro gnomos a quienes inspiró sobremanera la aventura de su antepasado que capturó la Gema Gris. Tras largas sesiones de trabajo junto a los astrónomos, estos hombrecillos han hecho ya algunos balbuceos en el vuelo espacial. Después de todo, la primera criatura mortal que puso el pie en otro cuerpo celestial fue un gnomo.
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